Las instituciones pesan. En estas pesan las personas, los procesos, los saberes que las sustentan. Los hechos presentados en Colombia en los últimos meses nos demuestran la enorme distancia que existe entre lo ideal y lo real. El Estado de acuerdo a algunas teorías políticas modernas surgió como un acuerdo entre individuos para poner orden  a la amenaza constante del caos y la autodestrucción. Dicho de otro modo, el individuo es para su prójimo un peligro. Por ello, con el fin de contrarrestar la amenaza que representa una persona para la otra, todas ellas optaron por un pacto que consistía en no usar la violencia directamente la una contra la otra. Esta última podría ser ejercida legítimamente por aquella institución que hoy llamamos Estado. Así, tenemos como resultado final que el Estado tiene como función primaria proteger a sus habitantes de amenazas externas e internas por medio de sus fuerzas armadas (policía y ejército). Ellos están al servicio de la ciudadanía y de la protección de la vida misma. Sin embargo, la brecha de esta función ideal y la realidad en Colombia es abrumadora.

Los datos son devastadores. De acuerdo con El Espectador, entre el 2017 y 2019 han muerto 639 personas en manos de la policía en todo el territorio nacional. Durante los últimos meses los nombres de Dilian Cruz, Javier Ordoñez, la niña Embera de 11 años abusada sexualmente por siete militares son evidencias claras y dicientes sobre las fallas institucionales. Para poner un ejemplo más próximo, según el medio de comunicación Pulzo, durante el mes de abril de este año, en pleno confinamiento, en Cali una mujer fue abusada sexualmente en un CAI muy cercano a las instalaciones de nuestro Observatorio. En el conflicto armado, de acuerdo al Centro de Memoria Histórica, en nuestro país se han presentado 15.738 víctimas de violencia sexual; 117.719 asesinatos selectivos, 24.447 masacres, 8.118 desapariciones. Por otro lado, según datos de Colombia Diversa, entre 1993 al 2020 se han presentado 2.013 víctimas de casos de homicidios, amenazas y violencia policial contra la comunidad LGTBIQ. Hoy deseamos ponerle un nombre a estas cifras que logran evidenciar el carácter sistémico de estas fallas: Juliana Giraldo es una historia que nos permite ubicar una identidad, una historia, un nombre y unos dolores particulares que evidencian, junto con estas cifras, la urgencia de la transformación de nuestras instituciones y de nuestras formas más arraigadas de entender el mundo.

Otro acuerdo, o contrato social, histórico y sistemático que ha estructurado una forma homogénea de ver y vivir el mundo recae en una lógica clasificatoria de corte binario. Es decir,  la idea de que la realidad social solo puede ser organizada y valorada a partir de las categorías blanco-negro, masculino-femenino. Lógica clasificatoria impuesta bajo la mirada dominante de una supremacía blanca y heterosexual. Así, todo aquello que se atreve a existir por fuera de dicho marco social o cualquier intento por revertirlo es anulado por las instituciones. Sin embargo, esta pugna no solamente ocurre a nivel institucional, sino también subrepticiamente en nuestras interacciones más cotidianas. Todo esto con el fin de reforzar los acuerdos de lo que supuestamente la vida debería ser.

No obstante, no debemos olvidar que como sociedades hacemos cambios socioculturales a través de las distintas rupturas históricas que las fuerzas sociales expresan. En ese sentido, el contrato heterosexual y cisgénero también ha sido puesto en revisión desde distintos activismos feministas y LGBTI. En dicha tarea han denunciando reiteradamente las múltiples violencias físicas y psicológicas que tienen que vivir por un mundo que promueve una mirada binaria de la sexualidad y los cuerpos, lo que implica vivir en el rechazo, la vergüenza, la violencia y la deshumanización. Así, el asesinato de Juliana Giraldo nos muestra las fallas institucionales, transversales e históricas; nos ejemplifica el peso de las falencias institucionales sobre la vida de las personas. Asimismo, como sociedad no nos basta con quitar una vida injustamente sino que nos resulta necesario también romper con su memoria al no nombrar y respetar su identidad de género. En consecuencia, irrespetamos el dolor de todas y todos aquellos que la amaban.

Esta situación solo evidencia que las instituciones, para dirigir la vida social y política, siguen basándose en contratos obsoletos sin ponerlos en cuestión. De igual forma, no podemos olvidar que son estas las que cuentan con el peso histórico del poder, el uso de la violencia y la legitimidad. De ahí que se generen relaciones asimétricas entre quienes quieren transformar esos pactos sociales y las instituciones mismas. Por ello, estas formas de entender el mundo están destinadas a reconfigurarse en formas más dignas y justas de habitar la vida.

Desde el OEM trabajamos para generar cifras, cambiar instituciones y dignificar la vida de personas hacia mejores condiciones, materiales y simbólicas de vida, más equitativas y justas. Nuestras sociedades son cada vez más conscientes de las brechas que existen entre el ideal del Estado colombiano y su realidad. Asimismo, somos más conscientes de cómo las instituciones también recaen sobre las personas que las encarnan. Les transmiten formas de entender el mundo para poder hacer el ejercicio que les compete. Rita Segato, antropóloga feminista, en su artículo Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres, afirma que el uso de pedagogías de la crueldad sobre los individuos que encarnan las instituciones—adicionalmente en su formación para replicarlas—se fundamenta en convertir la vida en un objeto fácilmente despojable de dignidad. Así, la guerra y sus instituciones dentro de la ley o por fuera de ella nos muestran día a día la necesidad de transformar los acuerdos sociales que nos han regido en el pasado tanto a las instituciones como a los individuos, replantear formas más dignas, equitativas y pacíficas de vivir el mundo porque al mirar el ejercicio de la guerra o el uso de la violencia de cerca es claro que la guerra nos afecta a todos y todas. Sin embargo, es asimétrica y desigual: distribuye dolores y pérdidas de manera más sistemáticas y crueles en aquellos y aquellas que piensan y se ubican en el mundo por fuera de lo masculino/femenino, blanco y heterosexual.

Equipo OEM

Observatorio para la Equidad de las Mujeres

Santiago de Cali, 28 de septiembre de 2020.