El fin del piropo está cerca. Para las expertas en género es una victoria que se atribuye al avance del movimiento feminista que a lo largo y ancho del mundo lucha por erradicar las violencias basadas en género, una de las cuales es precisamente aquella que se manifiesta en lo verbal, muchas veces tácitamente. A diferencia de lo que podrían considerar muchos, el piropo, independientemente de si da en el espacio público o en la intimidad del hogar, puede ser acoso.

Así lo asegura Lina Buchely, directora del Observatorio para la Equidad de la Mujer de la Universidad Icesi, quien rememora el movimiento feminista en Nueva York y en Argentina en donde se demostró, a partir de videos callejeros y material gráfico, el hostigamiento al que se ven expuestas las mujeres en el espacio público.

“El piropo está en su fase terminal porque cada vez vamos generando más consciencia crítica sobre lo que significa apropiarnos del cuerpo de las mujeres y reducirlo a comentarios voraces sobre su belleza. Tanto el piropo como el acoso callejero son un gran espejo de las asimetrías de poder que tenemos socialmente, es un problema estructural.

Que exista esa depredación en la calle confirma que los hombres no solamente se socializan para dominar de maneras agresivas y violentas los cuerpos de las mujeres, sino que se han formado como dueños del espacio público”, agrega Buchely.

57,9% de mujeres encuestadas por la OEM se sienten inseguras en barrios distintos al suyo.

De acuerdo con la Encuesta de Equidad del Observatorio para la Equidad de las Mujeres (OEM), de las 1507 encuestadas el 57,9 % manifestó sentirse insegura en calles de barrios distintos al suyo. Es así como, según Buchely, el disfrute del espacio público para las mujeres se ve afectado.

“Las mujeres que tienen poco acceso al espacio público, tienen poca consciencia de ciudad y poca acción e interacción con los problemas sociales y muy poca respuesta a las situaciones que se viven día a día en la calle. Vivir el espacio público, estar conscientes de la ciudad en la que vivimos y los problemas que tenemos es fundamental para la construcción de ciudadanía. Si tenemos mujeres confinadas en sus casas, no son ciudadanas porque no pueden disfrutar de un derecho básico que es el derecho a la ciudad”.

“El piropo reduce la mujer a una característica corporal”.
Lina Buchely, experta en género

Por otra parte, Sofía Carvajal, autora del libro ‘El piropo en Cali: entre el halago y el insulto’, comenta que las mujeres no solamente pierden la posibilidad del disfrute del espacio público e incluso laboral, sino también que sufren afectaciones en la percepción de su corporalidad.
“Las mujeres pueden, en muchos casos, formarse la idea de sus cuerpos a partir de los comentarios de los otros y esto hace que el piropo callejero tenga afectaciones en la formación de su subjetividad, de cómo ellas entienden su cuerpo, de cómo se relacionan con él, de cómo entienden qué es lo atractivo o qué no lo es para alguien más. Las mujeres o las niñas pueden llegar a transformar su forma de vestir para evitar comentarios que las hagan sentir incómodas en la calle y allí hay una limitante directa sobre la ley de la libre personalidad, a través de lo que usamos en el cuerpo”.

El piropo, una cuestión latinoamericana

Según Carvajal, diversos estudios asocian la costumbre del piropo a la labor de los trovadores, en el lejano siglo XII, donde un grupo de hombres se hacían en determinada parte de la calle de una ciudad o pueblo para crear versos y coplas, con la intención de llamar la atención de alguna mujer, como una especie de competencia para ver cuál de todos era el mejor.

“En América Latina, fundamentalmente en Suramérica, no pude llegar a identificar un estudio que hubiera tratado de abordar este tema. Pero encontré una posible relación: un tránsito colonial de España hacia estas tierras, pero eso sería una hipótesis”.

Por otra parte, la experta Buchely argumenta que en la actualidad el piropo tiene mayor presencia en Latinoamérica: “eso está muy vinculado a una forma de masculinidad que se ha diseminado geográficamente y tiene que ver con esta masculinidad que ocupa todos los espacios y tiene una voracidad sexual incontrolable, es como si ese elemento significara la no contención sexual”.

“Ser latino o ser caleño, en este caso particular, casi que exige que seamos de esa manera (coqueto, sexualmente atractivo) y habría una exigencia, no solamente del debería ser, sino también una normalización del piropo”, dice Carvajal.

Masculinidades no violentas y equitativas

Sin el feminismo no solo no estaría cerca el fin del piropo, sino que tampoco los hombres, aquellos que pretenden desmontar la masculinidad hegemónica, podrían tan siquiera hablar con otros sobre otras formas, esta vez no violentas e igualitarias, de habitar el mundo.

En palabras de Harol Valencia, promotor de masculinidades no violentas y equitativas de la Subsecretaría de Equidad de Género, “si uno crece con la mentalidad de que por ser hombre tiene un lugar privilegiado y puede ejercer poder, el piropo, básicamente, se convierte en una herramienta para eso, y nos ha hecho creer que tenemos todas las facilidades y oportunidades de decir lo que queramos a las mujeres en la calle, así sean unas desconocidas, y esta es una manera sobre cómo se cristaliza esta idea de poder de lo masculino sobre lo femenino”.

60,2% de mujeres encuestadas por la OEM siente una pérdida de autonomía en el espacio público.

¿Es posible desmontar la masculinidad como está? Valencia argumenta que no es fácil, pero la responsabilidad cae sobre los hombres, que son a la vez “victimarios y víctimas del sistema patriarcal”.

Fuente: https://www.elpais.com.co/entretenimiento/se-extingue-el-piropo-debate-al-comentario-que-tambalea-entre-la-metafora-o-el-acoso.html